Mariano y Matías son dos jóvenes
que deambulan por la ciudad celebrando el amor.
Después del cortometraje Historias de amor en un baño
público -filmado en una estación de trenes en
los suburbios de Buenos Aires-, Pablo Oliverio pone el acento
en lo público y hace transitar una historia de amor por
distintos niveles de la metrópoli: el baño de
un bar tradicional de la calle Corrientes, los corredores del
subterráneo, los parques aledaños a la Facultad
de Derecho. Pero, después de visitar a un brujo, en mitad
de la odisea de estos jóvenes enamorados, un mal presagio
hace que el rumbo de los personajes se bifurque; y, en la forma
de una profecía autocumplida, el amor se disuelve en
el eco intermitente de un vaticinio de separación: "Mariano,
no te pongas mal, no nos vamos a pelear".
En Puto, la metrópoli no es sólo el escenario
por donde transitan los personajes, sino más bien, un
estado de ánimo: pasión y alegría, incertidumbre
y miedo, duda y desencanto, desesperación, lujuria y
decepción, abandono, soledad. La ciudad presta su alma
a los personajes mientras estos la recorren, en siete estadíos
que coinciden y se desarrollan en siete planos secuencia.
La ciudad en Puto está tan presente como la palabra "puto"
en un graffitti de pared: un insulto público, mudo y
anónimo que luego de ver la película vuelve inevitable
la pregunta acerca de a quién se dirige. El término
"puto" refiere al homosexual, pero también
es usada como sinónimo de debilidad de carácter.
Ahora bien, en el contexto de la película, la referencia
a la homosexualidad resulta vacua, redundante, en tanto que
desde el inicio queda claro que la historia de amor es entre
dos hombres. En ese sentido sólo resta pensar que "puto"
refiere a la debilidad de carácter de alguno de los personajes,
a la vulnerabilidad de Mariano, tal vez, ante el presagio de
separación. Por qué "puto", nos preguntamos;
por qué no, responde Oliverio.
El último plano secuencia -quizás
el más bello de la película- es un homenaje a
una de las calles más transitadas de Buenos Aires: la
calle Corrientes y, además, es ahí donde convergen
principio y fin del periplo. Corrientes es la calle de los espectáculos,
los teatros, los cines, pero también la vitrina de los
personajes más abyectos; es un asilo urbano en donde
ricos, pobres, jóvenes, adultos, artesanos, locos, vagabundos
y artistas conviven como iguales en su soledad irremediable,
y, haciendo sociedad sin conversar, no entablan relación
más que de pasada. Corrientes es a la película,
lo que el presagio es a la historia de amor de Mariano y Santiago:
un destino inesquivable para quienes transitan Buenos Aires,
un espejo cóncavo que devuelve la imagen agrandanda de
lo que sucede y de lo que pueda llegar a suceder indefectiblemente,
pero que a su vez contiene a estas almas sin compromiso y les
brinda confianza en lo que no tiene remedio.
La falta de orientación en la vida, de
sentido resuelto, de mesura espiritual, lleva a los fieles a
admitir la palabra divina concediéndole un sentido de
realidad. Y, una vez admitida, lo que ocurre es perfecto, lógico
y verídico. Es por eso que en Puto la palabra pronunciada
(el vaticinio de separación) destruirá la ilusión
del amor. Si es que una palabra puede ser, alguna vez, más
fuerte que la pasión.